IN MEMORIAM

Nos ha dejado Antonio Montero Domínguez

Tribuna
El inspector Antonio Montero fallecido en Urda_img

Quiero comenzar pidiendo disculpas por su título: personas como Antonio Montero nunca se van, ya que siempre quedan presentes entre nosotros, en nuestro día a día y, en particular, en el de los profesionales tributarios como el que escribe estas líneas. Un horrible accidente ferroviario nos ha privado de su presencia y de sus palabras en directo, por teléfono o en un intenso debate en las múltiples mesas redondas en que hemos participado juntos a lo largo de nuestro país, siempre con un dedo apuntando a los presentes y con su aguda reflexión de que “estén atentos a las pantallas”.

Era miembro del Cuerpo Superior de Inspectores de Hacienda del Estado, tanto en la especialidad de Inspección Financiera y Tributaria como de Aduanas e Impuestos Especiales, así como Máster en Dirección Pública por la Escuela de Organización Industrial. Fue responsable de varias Dependencias en las Delegaciones Especiales de la AEAT en Madrid y Valencia. En 2004 se incorpora, como Subdirector General de Tributos, en la Dirección General de Tributos del Ministerio de Hacienda, siendo responsable del desarrollo reglamentario de la actual Ley General Tributaria. Desde ese puesto pasó a una breve excedencia en el sector privado, a la cual yo me refería y él me recordaba, como “el lado oscuro de la fuerza”, incorporándose de nuevo a la AEAT, en los servicios centrales de la Dependencia de Recaudación, hasta su actual puesto como Inspector de los Servicios.

Nunca olvidó la docencia, siendo profesor coordinador de la Escuela de Hacienda Pública, en los cursos de formación para funcionarios de nuevo ingreso y de formación permanente, así como para otros empleados públicos, tanto nacionales como internacionales. También siempre estuvo dispuesto a participar en cuantas jornadas o congresos se le requerían. Autor de numerosísimas publicaciones, entre las que destaca, desde hace muchos años, el Memento de Procedimientos Tributarios. Sin duda, como Juan Pujol, Presidente de Lefebvre, puso de manifiesto en estas mismas páginas, los “Mementos lloran la perdida de alguien de tanta valía intelectual, de tanta sensatez y de tanta rotundidad en la formulación de criterios”.

Profesional meticuloso, todo lo estudiaba como si realizara una tesis doctoral. Trabajador hasta la extenuación, amigo de sus amigos y ejemplo de hombre senequista, honrado y respetuoso, ante todo, dado a la conversación pausada, a escuchar para aportar certeras reflexiones. Al igual que siempre vivió, Antonio nos ha dejado con esa sentida humildad que solo habita en los hombres excepcionales.

En alguna ocasión visité su casa, cuyas paredes estaban plagadas de las acuarelas navideñas que pintaba mi padre, abierta para todos, donde, entre otras cosas, disfruté de la acogida generosa y de las artes culinarias y oratorias de su mujer Natalia.

Para los que le conocimos era, ante todo, un hombre bueno. Como dijo Machado de sí mismo, bueno “en el mejor sentido de la palabra, bueno”. Portador de esa bondad desinteresada y espontánea que caracteriza a este tipo de personas. Nosotros, sus amigos, lo llevaremos en el corazón, su viuda y sus hijas en su alma para siempre. Querido Antonio: un fuerte abrazo.


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