fbpx

El conocimiento, siquiera somero, de este síndrome ayuda a comprender el comportamiento de la denunciante, que a veces, como Jueces, Fiscales y Abogados, nos puede parecer chocante e incluso absurdo o contradictorio

El síndrome de la mujer maltratada

Tribuna Madrid

La violencia de género es un problema que preocupa mucho a nuestras autoridades y la lucha por su erradicación es una de sus principales prioridades. Como operadores jurídicos observamos como nos ofrecen multitud de cursos, jornadas y seminarios que se dedican a este tema, efectos de la orden de protección, competencia territorial, cumplimiento de las penas... Sin embargo, los efectos psicológicos que tiene el maltrato sobre la mujer nos son bastante desconocidos porque nos centramos -dada nuestra profesión- en las cuestiones legales y procesales. El conocimiento, siquiera somero, de este síndrome ayuda a comprender el comportamiento de la denunciante, que a veces, como Jueces, Fiscales y Abogados, nos puede parecer chocante e incluso absurdo o contradictorio. La cuestión es de una mayor profundidad de la que puede ofrecer este breve artículo, por lo que me limitaré a tratar los temas principales e invito al lector a profundizar en su estudio.

  1. EL CICLO DE VIOLENCIA

El ciclo de violencia, descubierto en 1979 por la Profesora Leonore Walker, es un ciclo de tres fases que atraviesan la mayoría de las mujeres maltratadas, y que una vez descubierto y difundido permite a la mujer identificarlo, romperlo y salir de él.

Las fases del ciclo son las siguientes:

  1. Tension-building. Aumento de tensión, e incremento de sensación de peligro,

En esta fase el agresor entra en una escalada gradual de tensión que se manifiesta en insultos, o comportamientos crueles o agresiones físicas leves. La mujer intenta aplacarlo y calmarlo o al menos no irritarlo más, y utiliza técnicas de reducción de ira que a menudo tienen éxito y le refuerza la sensación de que puede controlar el carácter del varón.

  1. Acute battering incident Incidente violento agudo,

La tensión sigue aumentando, y a la mujer le resulta cada vez más difícil controlar los enfados. En ocasiones la mujer se quita del medio por miedo a desencadenar una discusión, situación que es advertida por el varón quien la va a buscar. Finalmente la tensión termina en agresión física que algunas mujeres llegan a provocar (sabedoras de que es inminente) para que tenga lugar dentro de casa y no en un lugar público.

  1. Loving-contrition. Arrepentimiento amoroso o luna de miel,

En esta fase el agresor suele disculparse repetidamente, intenta ayudar a la mujer, muestra amabilidad y remordimiento, le hace regalos y promesas de que no volverá ocurrir. Es frecuente que el agresor realmente llegue a creerlo y también la mujer, de manera que se convierte en un refuerzo positivo para mantener la relación y no romperla. Pero las fases se repiten inevitablemente.

Antes de que estas tres fases se desarrollen suele haber un período de noviazgo en el que el varón tiene mucho interés en la vida de la mujer y es muy cariñoso con ella. En ocasiones este cariño se convierte en acoso y vigilancia una vez la pareja ha dado un paso más en el compromiso y la mujer no quiere romper la relación, o no tiene fuerzas para ello, y se dice a sí misma que una vez estén casados él no necesitará estar vigilándola todo el tiempo y la situación terminará.

Los estereotipos sociales sobre la mujer como cuidadoras y responsables del bienestar de toda la familia hacen que, cuando está dentro del ciclo, se autoimponga la tarea de suavizar todas las posibles causas de enfado del agresor para que el “verdadero hombre” con el que se casó, (el de la tercera fase) vuelva a aparecer. Sin embargo es importante difundir estas tres fases para que las mujeres víctimas de violencia de género sean conscientes de que la fase tres no aparece sin la uno y la dos, y además son cíclicas y repetitivas.

  1. EL SÍNDROME DE LA MUJER MALTRATADA

La psicóloga Leonore Walker define este síndrome como el patrón de signos y síntomas que sufre una mujer después de haber sido objeto de abusos físicos, sexuales y/o psicológicos en el ámbito de una relación íntima, cuando el compañero ejerce poder y control sobre ella y es capaz de coaccionarla para que haga lo que él decida, con desprecio a sus derechos y sus sentimientos. La actualización de esa investigación ha demostrado que existen seis grupos de criterios testados científicamente que permiten identificar el síndrome. Los tres primeros son comunes al síndrome por estrés postraumático y los tres últimos aparecen solo en las víctimas de sus parejas sentimentales[1]:

  1. Recuerdos intrusivos del suceso o sucesos traumáticos
  2. Hiper excitación y altos niveles de ansiedad
  3. Comportamiento de evitación y entumecimiento emocional, normalmente expresado como depresión, disociación, minimización, represión y negación.
  4. Relaciones interpersonales irregulares e interrumpidas derivadas del poder del agresor y sus medidas de control[2]
  5. Imagen corporal distorsionada y/o dolor físico o somático[3]
  6. Problemas en las relaciones sexuales[4]

Además de estos signos, existen otros tres umbrales que deben alcanzarse para poder considerar que concurre el desorden:

  1. La mujer experimenta un suceso traumático por el que teme sufrir daño físico o perder la vida
  2. Los efectos secundarios de ese suceso duran más de cuatro semanas. (si duran menos se diagnostica como reacción aguda a una situación de estrés)
  3. Los efectos secundarios tienen un impacto en partes importantes de la vida de la víctima, tales como el trabajo, el colegio o las relaciones con los demás.

 El síndrome por estrés postraumático tiene consecuencias diferentes al de la mujer maltratada aunque podemos decir que tienen notas comunes. Un suceso traumático puntual y aislado (como los provocados por fenómenos naturales o atentados terroristas) se percibe por la víctima como algo inesperado y fuera de control. Sucesos traumáticos repetidos (como los que experimentan los soldados en el campo de batalla, o las víctimas de violencia doméstica o de género) también experimentan un impacto psicológico similar, pero las víctimas de violencia doméstica tienen otras características propias aparte de las típicas del síndrome por estrés postraumático pues desarrollan unas habilidades para manejar la situación con una amplia variedad de métodos, como minimizar los hechos, negar el peligro, o reprimir sus sentimientos, entre otros.

La nacionalidad de las mujeres víctima de la violencia de género determina cómo les afecta cada uno de los parámetros del síndrome, así, las rusas son más propensas a adoptar comportamientos de evitación incluido el adormecimiento emocional para superar el trauma. Las españolas tienen unos niveles de ansiedad superiores al resto de las nacionalidades analizadas. Las griegas son las que más síntomas del síndrome experimentan y lo reviven aún cuando ya están fuera de peligro.[5]

  • TIPOS DE AGRESORES

Los psicólogos han diferenciado varios tipos de agresores[6]:

  1. los que utilizan la violencia como forma de poder y control,
  2. los que padecen una enfermedad mental que interactúa con su comportamiento agresivo,
  3. y los que tienen una personalidad antisocial, dentro de estos últimos, se han diferenciado dos subclases, pitbull y cobra[7].

El pitbull es el tipo de agresor que cuando está enfadado no deja ir a la mujer, y conforme ejerce la violencia, su ira aumenta y es patente en signos físicos como pulso acelerado o respiración pesada. El tipo cobra cuanto más enfadado está, más calmado se siente, y tiene unas pulsaciones más bajas y acciones más deliberadas y calibradas para mantener el control, como rehusar mantener relaciones sexuales en la fase de la escalada de violencia, para hacer sentir a su pareja rechazada y humillada. Ello demuestra que no existe un perfil concreto de maltratador, y que, como jueces, no podemos dejarnos engañar por las apariencias porque aún cuando un hombre va bien vestido y tiene buena educación puede ser extremadamente peligroso.

[1] LEONORE A. WALKER. The battered woman syndrome. Third edition. Páginas 42 y siguientes.

[2] El agresor utiliza muchas formas de manipulación tales como el aislamiento, la imposición de sus propias reglas, degradación, celos, comportamientos imprevisibles y amenazas. El aislamiento es un elemento común en todos los grupos culturales, parte de la idea de considerar a la mujer como una posesión, y se materializa en una situación de control sobre cómo, cuándo y dónde ve a la familia y amigos, acompañándola al trabajo, restringiendo el tiempo que le había dado para salir, llamándola constantemente por teléfono cuando sale, etc.

[3] El grupo de mujeres norteamericanas analizado en el estudio de la Doctora Walker, página 65, mencionaron como comentarios degradantes comunes: “Me regañaba como a un niño pequeño, inferior y estúpido” “Él podía hacerlo todo y me hizo creer que yo era incapaz de hacer nada”. Comentarios comunes al resto de las nacionalidades analizadas.

En cuanto a la percepción de la imagen propia, más allá del sentir común de la mayoría de las mujeres a las que no les gusta una parte concreta de su cuerpo, las mujeres víctimas de la violencia suelen odiar su cuerpo como un todo, derivado de la baja autoestima que experimentan y las dificultades en protegerse a sí mismas.

[4] Los celos son la principal fuente de este problema, pero no solamente los celos hacia otros varones, sino también los bebés o hijos mayores pueden desencadenar celos en el maltratador. Conocida por todos es la recurrente frase “si no eres mía no eres de nadie”.

[5] LEONORE A. WALKER. The battered woman syndrome. Third edition. Páginas 58 y ss tablas 3.5 a 3.7.

[6] LEONORE A. WALKER. The battered woman syndrome. Third edition. Páginas 6 y 7.

[7] JACOBSON and GOTTMAN, 1998. When men batter women: New insights into ending abusive relationships. New York, Simon & Schuster.