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Es tiempo de reivindicar la actividad profesional de la valoración y establecer criterios para su ejercicio

La valoración de empresas una actividad silenciada de gran impacto social

Tribuna

En los últimos años hemos asistido a casos de valoración sonados, como el de El Corte Inglés (ECI)  asociado a la lucha por el reparto de la herencia de Isidoro Álvarez en 2014 y la entrada del jeque qatarí Al Zani en el capital de ECI. Los periódicos de información económica todos los días nos deleitan con importantes operaciones de compra-venta, fusiones etc. que, aún así, sólo son la punta del iceberg del cada vez mayor número de operaciones que tienen que ver con la valoración de la empresa. Lo cierto es que las operaciones que implican la valoración de una empresa no cesa de incrementarse y ello en gran medida por el empuje del capital-riesgo como revela en gran número de operaciones de esta industria  (http://www.incari.org/index.php/es/).

Normalmente se suele hablar en los medios de difusión y profesionales de los importes pagados o cobrados por la compra o venta de la operación (a menudo, en las operaciones que salen en los periódicos, cifras abrumadoras, por ejemplo, en la reciente operación de Air Europa, 1.000 millones de euros) aunque poco o nada se dice de cómo se llega a esas cifras. La transparencia sobre el valor de la empresa es importante en tanto que sólo sobre dicha base se puede entender, aunque sea parcialmente, el por qué del precio pagado.

La labor de valoración es pues de enorme trascendencia y disponer de personas especializadas para llevarla a cabo es indispensable para la seguridad jurídica de los procesos que estas valoraciones implican. El caso de ECI que mencionábamos, junto a otros muchos más que son visibilizados, revelan la existencia de modelos y métodos valorativos confrontados que pueden hacer dudar de la validez de los mismos o, incluso, de la honorabilidad o de la ética de los profesionales en su labor.

La formación en este campo es esencial y, probablemente, cierta regulación de la actividad también. Por ejemplo, se hace necesario, al margen de su conocimiento adecuado, delimitar cuando es aconsejable la utilización de uno u otro modelo valorativo y los aspectos que su aplicación requiere.

Sin duda los métodos basados en previsiones (flujos de efectivo) son de gran interés en tanto que descuentan el futuro que propietarios, gestores y stakeholders en general esperan de la empresa, si bien es cierto que introducen cierta subjetividad que es necesario controlar. El riesgo inherente a ese futuro también debe ser tomado en consideración lo que precisa de modelos y criterios generalmente aceptados para evitar el continuo recurso a los tribunales.

La alternativa de los métodos basados en coste deja grandes incógnitas entre los operadores del mercado por el alejamiento que pueden suponer estos valores de los precios vigentes en cada momento, dadas las circunstancias cambiantes del entorno.

Los gestores y propietarios buscan profesionales avezados, con sólidos conocimientos en valoración y conocedores de estas circunstancias y modelos, que aporten valor añadido a su negocio, y le sepan guiar en las diferentes operaciones, societarias o no, en las que se ve implicado el valor de su empresa: compra-venta de participaciones; transferencia de herencias; salida o entrada de socios en la empresa; pactos sociales o parasociales en donde se ven implicados los títulos de la sociedad o la propiedad; segregación de activos; separación matrimonial; lucro cesante; participaciones cooperativas; valoración de intangibles, por citar algunos casos de ellos).

De la importancia de la valoración dan cuenta algunos hechos llamativos. En primer lugar la preocupación de organismos profesionales por dotarse de normas a este respecto. Por ejemplo, las Asociación Española de Contabilidad y Administración de Empresas (AECA) en el caso de España, la Royal Institution of Chartered Surveyors (RICS) en el caso del Reinio Unido, o la Americal Society of Appraisers (ASA) en Estados Unidos de América. O a nivel internacional, el International Valuation Standard Council (IVSC) o la International Private Equity and Venture Capital (IPEV).

En segundo lugar, la alta volatilidad de la actual economía con mercados financieros globalizados, exige prestar atención a los criterios de acercamiento al valor y los criterios de decisión de los gestores basados en la creación de valor. Prueba de ello es el caso de la transición energética como revela el Council of European Energy Regulators (CEER) que requiere del uso de rentabilidades mínimas adecuadas y objetivas para las empresas.

Finalmente, aunque nos dejemos cuestiones en el tintero, la costumbre adquirida por los profesionales de reducir el valor calculado según “el tamaño de la empresa” o la “comercialización de los títulos” para intentar llegar a un precio de compra-venta, o los criterios de valoración con propósitos fiscales asociados a los precios de transferencia de las multinacionales (OCDE) son otros aspectos que auguran un futuro dinámico y alentador para los valoradores.

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