El pasado 29 de agosto se celebró el Día Mundial del Videojuego, una industria que ya hace mucho dejó de entenderse únicamente como una forma de entretenimiento. Cultura, tecnología, innovación o diseño son algunos de los elementos que conforman esta industria cuyo crecimiento está siendo fulgurante. El pasado 2025, llegó a facturar 2.293 millones de euros, con más de 22,8 millones de jugadores, según el Anuario 2025 de la Asociación Española del Videojuego (AEVI).
Los datos muestran un ecosistema sólido, pero también exigente y muy competitivo. La necesidad de diferenciarse es cada vez mayor en un contexto donde proliferan startups y estudios con nuevas ideas, proyectos y dispuestos a conquistar diferentes nichos de mercado. Porque el videojuego hace tiempo que dejó de ser cosa de niños, y para abarcar todo tipo de edades y perfiles. Quien más quien menos, juega, sea en su smartphone, el ordenador o una consola.
La Propiedad Intelectual, clave
En un contexto donde el mercado es ultracompetitivo, con competencia global y ciclos de mercado cada vez más rápidos, la propiedad intelectual e industrial (P.I.) cobra un especial protagonismo. Proteger activos marca la diferencia entre lanzar un juego y construir una empresa con valor. Y marca la diferencia entre la entrada de inversión o no.
En España, el Texto Refundido de la Ley de Propiedad Intelectual no contiene una categoría específica para registrar un videojuego, pues parte de un concepto amplio de obra protegible. Y los videojuegos no son obras simples, sino que se componen de diversas capas: código, diseño visual, música, personajes, guion, interfaces, marcas, bases de datos, animaciones, mecánicas e incluso soluciones técnicas. Para cada uno de esos elementos existe una figura determinada de gestión y defensa. No es posible salvaguardar un videojuego con un solo mecanismo de registro, sino que debe hacerse de forma combinada. Marcas, patentes, modelos de utilidad, derechos de autor, secretos empresariales y diseños industriales. Todos tienen un papel a jugar.
Mención especial hay que hacer de los diseños industriales, puesto que la nueva reforma del Reglamento de diseños de la Unión Europea 2024/2822 actualiza el sistema para adaptarlo a productos digitales. Ahora, se incorporan como modalidades de diseño expresamente elementos como animaciones, transiciones, obras gráficas e interfaces de usuario. Esto es relevante, puesto que muchas decisiones creativas que antes podían quedarse en zonas grises ahora tienen un encaje más claro dentro de lo que son las estrategias de protección de elementos visuales.
Pero también conviene prestar atención a otros aspectos, como las licencias, los contratos o los derechos de terceros sobre la música u otros elementos integrados en el videojuego. Sobre todo a la hora de conseguir financiación, puesto que un posible inversor analizará muchos más que la calidad del juego y su potencial. Una cadena de titularidad clara, derechos correctamente atribuidos y documentados, que los activos principales puedan explotarse comercialmente (merchandising, secuelas, adaptaciones, etc.) y que no existan conflictos o reclamaciones de terceros son algunos de los puntos que revisará un potencial inversor. Y deberán estar en orden.
Nuevas tendencias: vintage, IA y la nueva generación
Esta visión de la importancia de la P.I. cobra más relevancia ante nuevas tendencias de la industria. Una que lleva tiempo llegando con fuerza es el auge de los juegos vintage. Newzoo señala en su informe la importancia de la nostalgia recurrente para grandes franquicias y juegos de reutilizar su propia historia y mantener el vínculo con los jugadores.
Esta tendencia por este tipo de juegos clásicos demuestra que su valor, así como sus activos, como banda sonora, marca o personajes, no solo pueden sobrevivir durante décadas, sino que pueden ser intangibles explotables mucho después del lanzamiento original. Y para ello, estos recursos deben estar bien identificados, protegidos y gestionados.
La nueva generación de consolas también refuerza la idea del peso de la P.I. Nuevos ciclos de hardware, lanzamientos relevantes y estrategias multiplataforma serán protagonistas de este mercado. Uno que potencialmente abrirá nuevas oportunidades a los estudios, pero también traerá exigencias. Publicar en nuevas plataformas implicará revisar contratos, licencias, adaptaciones técnicas, derechos sobre música y arte, titularidades de código, etc.
Y, por supuesto, la inteligencia artificial. La IA añade otra capa de complejidad. Ayuda a la hora de acelerar procesos de ideación, diseño o programación, pero también es una herramienta que plantea dudas y preguntas sobre trazabilidad, autoría (uso de terceros, entrenamiento de modelos) o garantías contractuales. El Parlamento Europeo ya ha analizado las tensiones entre IA generativa y derechos de autor, pues se trata de una cuestión que afecta directamente a la seguridad jurídica del producto final en el ámbito del videojuego.
La salud del sector es buena, consolidada. Pero su evolución no solo se mide ni se medirá por la facturación o el número de jugadores. También dependerá de su capacidad para generar propiedad intelectual e industrial propia, protegerla adecuadamente y explotarla de forma eficaz. Algo realmente relevante en un mercado donde conviven desde grandes organizaciones, estudios pequeños que necesitan escalar y startups que necesitan financiación y diferenciarse para competir.
En este contexto, los activos intangibles dejan de ser un elemento accesorio para convertirse en un factor estratégico de crecimiento y creación de valor. El videojuego es uno de los grandes ejemplos que demuestran que la P.I. no es solo una defensa. Es un activo empresarial de valor directo e indirecto. Es una de las herramientas que te asegura el futuro.
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