Lo que España hace bien cuando consigue jugar en equipo

La organización orientada a resultados

Tribuna
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El éxito de la selección española de futbol ha despertado una admiración que trasciende el ámbito estrictamente deportivo. España siempre ha dispuesto de futbolistas talentosos, de la misma manera que ha contado históricamente con científicos, emprendedores, profesionales y servidores públicos de primer nivel. Sin embargo, lo que ha llamado especialmente la atención en esta ocasión no ha sido la suma de individualidades sobresalientes, sino la capacidad de convertirlas en una organización eficaz, coherente y orientada a resultados.

La selección ha mostrado una combinación poco frecuente de cualidades que habitualmente aparecen de forma aislada: creatividad y disciplina, intensidad e inteligencia, adaptación e identidad, excelencia individual y responsabilidad colectiva. Más allá de la dimensión deportiva, este hecho invita a formular una reflexión de interés para la vida pública española: ¿por qué somos capaces de construir organizaciones extraordinariamente eficientes en determinados ámbitos y encontramos mayores dificultades para reproducir esas mismas virtudes en la gestión de los asuntos públicos?

Naturalmente, no se trata de establecer comparaciones simplistas. La política democrática es mucho más compleja que el deporte profesional. Gestionar un Estado supone conciliar intereses legítimamente diversos, responder a problemas multidimensionales y operar en un entorno institucional y jurídico incomparablemente más exigente. Precisamente por ello resulta útil analizar aquellos rasgos organizativos que permiten obtener buenos resultados en contextos caracterizados por la incertidumbre, la presión y la competencia.

La importancia de la anticipación. La selección española no se limita a reaccionar ante las iniciativas de sus adversarios; intenta condicionar el desarrollo del partido, presiona de manera coordinada y procura recuperar el control antes de que las amenazas se materialicen. En términos institucionales, esta actitud remite a la necesidad de fortalecer una cultura de prevención que, con demasiada frecuencia, aparece infra desarrollada en las políticas públicas españolas.

Con frecuencia, las administraciones reaccionan cuando los problemas ya han alcanzado la condición de crisis: el acceso a la vivienda, el envejecimiento demográfico, el deterioro de infraestructuras o determinados riesgos de seguridad. Sin embargo, la experiencia demuestra que las grandes crisis rara vez surgen de forma súbita. Lo habitual es que sean el resultado de una acumulación de señales insuficientemente atendidas, advertencias ignoradas, déficits de coordinación o evaluaciones de riesgo incompletas. La buena gobernanza exige precisamente lo contrario: sistemas de alerta temprana, mantenimiento preventivo, análisis prospectivo e instituciones capaces de actuar antes de que los problemas alcancen dimensiones críticas.

Coordinación. La intensidad que caracteriza a la selección española no equivale a una mera acumulación de esfuerzo. Su eficacia deriva de que el movimiento de cada jugador está integrado en el comportamiento colectivo del equipo. La presión funciona porque existe una estructura previa; el esfuerzo individual produce resultados porque está alineado con un objetivo común.

España no parece padecer un déficit de actividad institucional. Dispone de normas, organismos, estrategias, programas y administraciones de una notable complejidad. La cuestión relevante es si ese volumen de actividad se traduce efectivamente en una mayor capacidad de acción colectiva. Aprobar leyes, crear organismos o incrementar recursos presupuestarios son decisiones importantes, pero ninguna de ellas constituye un resultado en sí misma. El verdadero criterio de evaluación debe ser la capacidad de las instituciones para resolver problemas reales de manera eficiente y duradera.

Coherencia estratégica. La selección transmite la sensación de que existe una relación inteligible entre los objetivos perseguidos, los medios empleados y los resultados obtenidos. En muchas políticas públicas, por el contrario, esta conexión aparece debilitada. Con frecuencia se aprueban medidas sin una estrategia suficientemente definida, se diseñan estrategias sin una adecuada asignación de recursos o se ejecutan programas cuyos resultados apenas son objeto de evaluación.

Toda política pública rigurosa debería poder responder con claridad a cinco preguntas fundamentales:

- qué problema pretende resolver, porque se enfrenta normalmente a cuestiones complejas, no pasa nada por aceptar cierta ignorancia como punto de partida;

- porqué se considera adecuada la intervención propuesta (ha iterado por hipótesis y experimentación);

- qué recursos exige (las herramientas de apoyo),

- cómo se evaluarán sus resultados y

- qué mecanismos de corrección se aplicarán si los objetivos previstos no se alcanzan priorizando la replicabilidad y adaptación sobre la certeza.

La última cuestión es especialmente importante, pues las instituciones maduras se distinguen por su capacidad para aprender, adaptarse y, cuando sea necesario, rectificar: el objetivo no es "tener razón" sino encontrar una solución funcional y estable, ajustándola conforme cambian las variables del entorno (J.G. Recuenco), no hay que olvidar que defendemos el interés general a los efectos constitucionales.

La gestión de los recursos públicos. Los mejores centrocampistas no son necesariamente quienes más participan en el juego, sino quienes toman las mejores decisiones respecto al uso de recursos escasos. La discusión política, especialmente en materia fiscal y presupuestaria, suele simplificarse en términos de incremento o reducción de impuestos, aumento o disminución del gasto, centralización o descentralización. Sin embargo, la verdadera cuestión es determinar qué objetivos se persiguen, qué costes implican las distintas alternativas y qué resultados producen efectivamente.

La calidad de una política fiscal no puede medirse exclusivamente por su capacidad recaudatoria, del mismo modo que la calidad de una política de gasto no debería evaluarse únicamente por el volumen de recursos distribuidos. Lo relevante son sus efectos: el aumento de la productividad, la reducción de vulnerabilidades, la mejora de la competitividad, el fortalecimiento de la cohesión social o la ampliación de oportunidades para los ciudadanos.

La creatividad no es incompatible con el orden. El talento individual florece, precisamente, porque existe una estructura colectiva que proporciona estabilidad y sentido. Esta idea posee una evidente proyección institucional. Los sistemas excesivamente rígidos tienden a sofocar la innovación, pero los sistemas carentes de reglas generan incertidumbre y arbitrariedad. Las democracias avanzadas necesitan combinar seguridad jurídica con capacidad de adaptación, procedimientos garantistas con experimentación responsable y control institucional con confianza profesional.

La misma lógica puede aplicarse al Estado autonómico. Una defensa eficaz no exige que todos los jugadores actúen de forma idéntica, sino que sus diferencias se encuentren coordinadas mediante reglas compartidas y lealtad institucional. Del mismo modo, la financiación autonómica y la organización territorial del Estado no deberían construirse sobre la falsa disyuntiva entre uniformidad absoluta y fragmentación permanente. El verdadero desafío consiste en compatibilizar autonomía, responsabilidad, solidaridad, transparencia y estabilidad institucional.

Capacidad de rectificación. La selección triunfa no porque nunca pierda el balón, sino porque sabe reorganizarse cuando ello sucede. Las instituciones públicas también se equivocan, y pretender lo contrario constituye una ficción incompatible con cualquier sistema complejo. La diferencia entre una organización débil y una organización madura no reside en la ausencia de errores, sino en la capacidad para detectarlos, asumirlos y corregirlos oportunamente. Publicar evaluaciones independientes, revisar programas ineficaces o modificar decisiones erróneas no debería interpretarse como un signo de debilidad política, sino como una manifestación de fortaleza institucional.

Finalmente, el éxito de la selección demuestra que España posee talento, capacidad de organización y potencial competitivo. Nuestro problema difícilmente puede atribuirse a una carencia de recursos humanos. La cuestión esencial es si somos capaces de trasladar a la vida pública determinadas virtudes organizativas que ya han demostrado su eficacia en otros ámbitos: visión estratégica, coordinación, evaluación, capacidad de aprendizaje, estabilidad institucional y orientación a resultados.

La principal enseñanza que ofrece la selección española no se encuentra en el terreno de juego, sino en la forma en que convierte la diversidad en una fortaleza colectiva. Sus integrantes proceden de lugares distintos, poseen características diferentes y desempeñan funciones diversas. Sin embargo, esas diferencias no desaparecen; se integran en un proyecto común.

La lección. Una democracia no necesita unanimidad, ni tampoco ciudadanos que piensen de la misma manera. Necesita instituciones capaces de transformar la pluralidad en decisiones eficaces, el desacuerdo en cooperación y la diversidad en ventaja competitiva. En definitiva, necesita organizaciones que comprendan que gobernar no consiste únicamente en reaccionar ante los problemas cuando ya se han manifestado, sino en anticiparlos; no consiste sólo en disponer de talento, sino en saber organizarlo; y no consiste en evitar todos los errores, sino en construir mecanismos que permitan identificarlos y corregirlos antes de que sus costes resulten irreversibles.

La selección española ha demostrado que esa combinación es posible. La pregunta es si estamos dispuestos a aplicarla también fuera de los estadios.

Quiero dar las gracias al trabajo de la FEF, en especial al staff de las Selecciones femenina y masculina, de todas las categorías (que éxitos también este verano en categorías Femeninas: absoluta, clasificada para el mundial y la Sub-19, campeona de Europa). No somos capaces de cantar el Wonderwall al final de los partidos ni de llorar sin consuelo coralmente como los argentinos exteriorizando su desgarro, pero el país fue, colectivamente, intensamente feliz, era palpable.

Un último guiño: querido paisano/Sr. De La Fuente, el partido de la semifinal será estudiado en todas las escuelas de entrenadores del mundo como sucede hasta hoy en las Escuelas Militares con la batalla de Cannas (216 a.C.), por cómo se derroto al adversario: estratégicamente (por qué), tácticamente (cómo) y emocionalmente (para qué).


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